En Orihuela, junto a la
higuera de Miguel Hernández con mis alumnas de filosofía.
A escasos metros de Santo Domingo, del colegio donde estudió más
que un poeta, un referente moral de libertad, me pregunto si
alguna vez la escuela dejará de funcionar como una institución
penal, como un espacio de adoctrinamiento identitario, religioso o de
género, de estructuración de clases e interioriazación de la norma
mediante la violencia estatal. Paradójicamente, aquí se fabrica al listo, a la
exitosa, aquí se marca al fracasado, tanto como al gordo, al marica
o al raro. El más mínimo reducto de libertad no tiene cabida en la
escuela, ahora y siempre lugar propio de esta eterna guerra civil,
administrada por unas instituciones y su ejército de pedagogos y
funcionarios obedientes donde, si corre algo de aire fresco, tiene
que colarse por la puerta de atrás, por la puerta de los pobres,
como el alumno poeta de un colegio de curas. Los sacerdotes de ahora,
los pedagogos se encarnizan con el proceso de selección y evaluación
constante del alumnado, con la salvaje vigilancia burocrática de un
profesorado asustado que ejecuta leyes si no ilegítimas sí
injustas, pues no cuentan con el enseñado ni con el enseñante. Como
no se fían de nosotros, los profesores, se trata de “ir todos a
una” nos dicen, sabiendo que ello comporta que hagamos todos lo
mismo, y eso, transformado en dogma político, nos lo suministran
ellos en forma de estándar de aprendizaje, píldora que sirve de
norma, de tipo, de patrón; el canon, modelo y paradigama en que ha
de cristalizar la homogeneización de alumnos y profesores. Y
mientras, con las aulas atestadas y las becas escasas, resulta un
acto de heroísmo aprenderse los nombres de tus 300 alumnos, de los
que nos sabes nada, con los que casi nunca hablas, porque no tienes
tiempo, porque no necesitas saber nada, porque han de ser
todos iguales. Por el camino preparas las pruebas selectivas de turno,
esto es, enseñas a repetir contenidos homogéneos, si te descuidas
nadie piensa, porque para ello sería preciso dialogar, permitir la
diferencia, y en el aula la exclusión de la imaginación y la
curiosidad constituyen la tinta de la ley, el ADN del sistema.
Sin
embargo todo proyecto humano tiene grietas y la propia naturaleza, de
cuando en cuando deja entrar la luz. He pasado una mañana muy
agradable con mis alumnos y alumnas, son todavía gente estupenda y
tratar con ellos es lo mejor del oficio de maestro y lo
seguirá siendo. Dejadme la esperanza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario