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lunes, 26 de febrero de 2024

Dejadme la esperanza.



En Orihuela, junto a la higuera de Miguel Hernández con mis alumnas de filosofía. A escasos metros de Santo Domingo, del colegio donde estudió más que un poeta, un referente moral de libertad, me pregunto si alguna vez la escuela dejará de funcionar como una institución penal, como un espacio de adoctrinamiento identitario, religioso o de género, de estructuración de clases e interioriazación de la norma mediante la violencia estatal. Paradójicamente, aquí se fabrica al listo, a la exitosa, aquí se marca al fracasado, tanto como al gordo, al marica o al raro. El más mínimo reducto de libertad no tiene cabida en la escuela, ahora y siempre lugar propio de esta eterna guerra civil, administrada por unas instituciones y su ejército de pedagogos y funcionarios obedientes donde, si corre algo de aire fresco, tiene que colarse por la puerta de atrás, por la puerta de los pobres, como el alumno poeta de un colegio de curas. Los sacerdotes de ahora, los pedagogos se encarnizan con el proceso de selección y evaluación constante del alumnado, con la salvaje vigilancia burocrática de un profesorado asustado que ejecuta leyes si no ilegítimas sí injustas, pues no cuentan con el enseñado ni con el enseñante. Como no se fían de nosotros, los profesores, se trata de “ir todos a una” nos dicen, sabiendo que ello comporta que hagamos todos lo mismo, y eso, transformado en dogma político, nos lo suministran ellos en forma de estándar de aprendizaje, píldora que sirve de norma, de tipo, de patrón; el canon, modelo y paradigama en que ha de cristalizar la homogeneización de alumnos y profesores. Y mientras, con las aulas atestadas y las becas escasas, resulta un acto de heroísmo aprenderse los nombres de tus 300 alumnos, de los que nos sabes nada, con los que casi nunca hablas, porque no tienes tiempo, porque no necesitas saber nada, porque han de ser todos iguales. Por el camino preparas las pruebas selectivas de turno, esto es, enseñas a repetir contenidos homogéneos, si te descuidas nadie piensa, porque para ello sería preciso dialogar, permitir la diferencia, y en el aula la exclusión de la imaginación y la curiosidad constituyen la tinta de la ley, el ADN del sistema. 

Sin embargo todo proyecto humano tiene grietas y la propia naturaleza, de cuando en cuando deja entrar la luz. He pasado una mañana muy agradable con mis alumnos y alumnas, son todavía gente estupenda y tratar con ellos es lo mejor del oficio de maestro y lo seguirá siendo. Dejadme la esperanza.

ROCK LESSONS 1.1: MARK LANEGAN


Seattle debe ser el sitio más jodido del mundo para crecer, llueve todos los días y la gente está muy amargada. Gurú del grunge, Lanegan fue el gran estilista de nuestra era y no lo conoce nadie. A este tipo le daban de comer tuercas y tornillos de pequeño para tener esa voz. Lanegan canta mejor que Frank Sinatra, apaga los cigarrillos con la lengua y dicen que si fallas una nota te puede matar. Lanegan lleva el infierno dentro, si miras el vídeo verás que ha resucitado a Johnny Cash y lo ha puesto a tocar una Les Paul negra. Lanegan ya no bebe alcohol pero toma el té con Cohen cualquier día de la semana. Lanegan no tiene ni puta idea de cómo se llaman los miembros de su banda, ya les hace saber con un displicente “Eh tú” si necesita fuego. Es casi seguro que su chica le dio mala vida. Gracias.



miércoles, 20 de septiembre de 2023

"El niño emparedado" (Emmanuel Carrere. YOGA)

 Hace unos veinte años leí en las páginas de sucesos de Libération un artículo que me marco de por vida: los padres de un niño de cuatro años lo llevan al hospital para una operación benigna. Deben de darle el alta al día siguiente. Pero el anestesista comete un error y el niño, a pesar de semanas de cuidados desesperados, se queda sordo, mudo, ciego y paralizado. Irreversible, definitivamente. Cuando lo leí me quedé transido de terror. Nunca nada me ha afligido tanto. Ya no podía pensar en otra cosa. No podía pensar más que en el despertar del niño. En el momento en el que recuperase la conciencia en la oscuridad. Inquieto al principio, pero inquieto como lo estamos cuando sabemos que la inquietud va a cesar. Sus padres no deben de estar lejos. Van a encender la luz, a hablarle. Pero nada sucede. No hay luz. No hay sonido. Intenta moverse pero no lo consigue. Intenta gritar pero ni él mismo se oye. Quizá sienta que le tocan, que le abran la boca para que coma. Quizá lo alimenten por perfusión, el artículo no lo dice. Sus padres y el personal sanitario están alrededor de la cama, descompuestos de horror, pero él no lo sabe. Es imposible comunicarse con él, imposible alcanzarlo. No está en coma. Saben que está consciente, que detrás de esa cara cerosa, contraída, detrás de esas pupilas que no ven, hay un niño emparedado en vida que está aullando de pavor en silencio. Nadie puede explicarle su situación, ¿y quién tendría el valor de hacerlo? Nadie puede imaginar lo que sucede dentro de su conciencia, cómo se cuenta el niño lo que le ocurre. No hay palabras para eso. Yo no las tengo. Yo, tan articulado, no tengo ningún medio de expresar lo que me remueve en mí esta historia aterradora.  

miércoles, 16 de febrero de 2022

Historia de un idiota contada por él mismo. Félix Duque

"Como ya he dicho, yo estudiaba Ciencias con la intención de seguir luego la especialidad de Exactas -un nombre estupendo para esa disciplina, la matemática, que es el arte de la rigurosa inexactitud, como bien sabemos desde Leibniz -, y dedicarme profesionalmente a vivir del cuento, a saber, de becas de investigación y memorias científicas perfectamente inútiles sobre tal o cual sutileza desprovista de todo interés. Los estados industriales se ven en la obligación de financiar a un verdadero ejército de parásitos (los llamados científicos) con el fin de justificar la miseria de una población semiesclavizada y embrutecida que cree en el progreso científico, sin entender una sola palabra, como antaño creía en la Asunción de la Virgen. Yo pensaba dedicarme a parásito.

 

Susana, en cambio, había elegido su lugar ENTRE LOS PERDEDORES, y estaba matriculada en Filosofía."

domingo, 28 de marzo de 2021

Grande: Roberto Bolaño (¿Para qué le ha servido a usted la literatura?)

¿Para qué le ha servido a usted la literatura?

Podría dar una respuesta aparentemente poética: “Para no morirme”. Pero es falso: yo seguiría vivo y probablemente con mejor salud si no hubiera optado por la literatura. A mí la literatura me ha servido básicamente para leer. En el momento en que decido que voy a ser escritor, me pongo a leer. Y gracias a la literatura he podido leer libros maravillosos, increíbles, como encontrar tesoros. Y en mi vida, que ha sido más bien nómada y de una pobreza extrema en ocasiones, leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y ha sido mi elegancia. Podía estar en cualquier situación y si leía a Horacio, por ejemplo, el dandy, el que estaba viviendo por encima de sus posibilidades era yo, siempre. La literatura me ha producido riqueza. Es riqueza.

Roberto Bolaño
Entrevista con María Teresa Cárdenas y Erwin Díaz

lunes, 28 de diciembre de 2020

Recordando a José Luis Amador.



Frente a uno de los libros que José Luis me regaló, leo la dedicatoria y sus notas manuscritas en los márgenes de las páginas. El fin de las certidumbres, del físico ruso y premio Nobel de química Ilya Prigogine. De acuerdo con lo anunciado en el título, las leyes de la física cuántica -así como de la dinámica clásica- no expresan más que probabilidades, nunca certidumbres. Así fue siempre, por otra parte, en lo que respecta a las vidas humanas y, tan acostumbrados como estamos al caos en nuestras biografías, casi ni sorprende que el Universo abandonara por fin el determinismo y se humanizara. La suerte y la desgracia nos trajeron hasta aquí; el 22 de diciembre, el cuerpo de José Luis Amador no pudo luchar más y entró en equilibrio con su entorno. Pero su muerte es mucho más que un dato en las cifras de la pandemia, la vida de un hombre resulta irreductible a una estadística y no tengo tan claro que haya entrado por completo en el no-ser, abandonando por completo la existencia. El no ser, la muerte, la nada, son conceptos negativos que sólo tienen sentido al hacer referencia a una realidad previa, preexistente y por tanto de estatus ontológico primordial, como una antítesis a su tesis. Prefiero recordar aquí algún aspecto de su vida, al menos de la que tuve la fortuna de compartir.

Conocí a José Luis Amador en el primero de mis cuatro años en el Arcas Meca de Lorca. Él llevaba ya muchos, presa de las vicisitudes de un profesor de filosofía que no conseguía regresar a Granada. Por más que uno esté acostumbrado, siempre resulta difícil llegar a una ciudad nueva, hacerse cargo de tus clases cuando no conoces a nadie, tampoco los usos, costumbres y peculiaridades de cada instituto. Por añadidura, si los alumnos disfrutaron de un buen profesor el año anterior, la cosa se te complica. Los adolescentes son leales a sus odios y sus amores, y ellos hubieran querido seguir con José Luis; así me lo hicieron saber desde la primera clase. También a él cuando lo paraban por los pasillos. En este gremio, como en otros, no faltan los egos grandes y los corazones mezquinos, y rara vez un compañero o un padre se te acerca para contarte que tus alumnos están contentos contigo, que les gustan tus clases, etc. Esto ocurre también en las juntas de evaluación, algunos tutores se complacen en referir detalladas quejas de sus compañeros, pero se cuidan mucho de decir algo bueno de ellos. Pero él no funcionaba así. Se preocupó de hablar siempre bien de mí a los alumnos, de recomendarme, como luego supe, de asegurarles -aunque apenas me conocía entonces- que estarían muy bien conmigo, en definitiva y generoso como era, de echarme un cable cuando lo necesitaba.

José Luis Amador era consciente del vínculo intelectual y emocional que generaba con su alumnado. Los trataba como a compañeros de viaje, no se lo jugaba todo a la erudición, hablaba con ellos y verdaderamente los escuchaba; cuando pasabas por sus clases, a menudo se oían las risas y el buen humor que contagiaba. Parecía mucho más joven; su daimon era, como le dije muchas veces, el de un “Sócrates granaíno” alegre y curioso, irónico, pero siempre amable. Esos valores no nacieron con él y no morirán, permanecen y gracias a él se multiplicarán, pues ha dejado huella, me consta, en cientos de estudiantes que ahora lamentan su pérdida. Siguió leyendo y alimentando su curiosidad y la de sus alumnos hasta el final. Recuerdo cómo se rebelaba ante el ejército de pedagogos y burócratas que contaminan la enseñanza. Cuando regresó al fin a Granada poco a poco la distancia se fue imponiendo y las llamadas de teléfono se espaciaron. Ahora me pesa, claro. Aún así me llamó cuando se enteró de que podía necesitarle, y no puedo olvidarlo. Me siento muy afortunado de haberle conocido y de que me contara entre sus amigos. Ha dejado un lugar mejor del que encontró y, si algo le fue dado, lo devolvió con creces. Te abrazo ahora con el pensamiento, Amador, ojalá logremos preservar cuanto nos enseñaste. Que la tierra te sea leve.

jueves, 26 de marzo de 2020

Una opinión sobre la selectividad.

Demencial. La selectividad se pospone, pero se celebra -vamos a decir la verdad- a pesar del curso y el temario interrumpido. Pero las oposiciones a secundaria se suspenden, porque en casa y con la incertidumbre no se puede estudiar. Por no hablar de los riesgos para la salud de una concentración así. ¿Y nuestros alumnos qué? ¿Seguir adelante con la selectividad no entraña riesgos y comporta incertidumbre? ¿De qué tamaño es la concentración de las pruebas de acceso a la selectividad? Excusas de mal pagador, de gente que ni ha estudiado ni quiere estudiar y de sus respectivos sindicatos. De comunidades que no querían oposiciones desde el minuto 0. 

Se menosprecia el estrés y la inseguridad de nuestro alumnado al tiempo que se magnifican los nuestros. Ellos sí pueden estudiar, claro, porque el curso no se ha interrumpido, gracias una enseñanza telepática, que no telemática, improvisada. Se está abusando de esos alumnos, ni siquiera ahora se rebaja la vigilancia burocrática del profesorado asustado. Llevan escolarizados desde los 5 años, ¿acaso no podemos calcular una nota sin el proceso selectivo? Les alargamos el curso y les robamos el verano de antes de la universidad a jóvenes de 17 años, criminal. Y nosotros los adultos, enseñaditos ya, y la inmensa mayoría en casa, no podemos estudiar. Es que algunos tenemos niños. Vamos, no me jodas.

Hay opositores que llevan ya muchos meses de sacrificio estudiando, que han condicionado sus vidas mediante excedencias o medias jornadas para poder estudiar. Otros compaginando el estudio con trabajos de mierda. Algunos con hijos, otros con gatos. Resulta especialmente sangrante leer los mensajes de grupos de WhatsApp de algunos interinos celebrando con vino la suspensión del proceso selectivo mientras están los sanitarios jugándose la vida con turnos draconianos y desprotegidos.

En el contraste de ambos procesos y la aplicación de diferentes lógicas se aprecia la injusticia y el abuso, lo tendencioso de las decisiones que se están tomando. Hay que posponer la selectividad y las oposiciones o suspender ambas. Otra cosa es injustificable más allá del subterfugio y la  falacia. 

lunes, 23 de marzo de 2020

A mis alumnos


Algunos avisan hoy, al calor de las publicaciones presuntamente intempestivas de algunos filósofos, del peligro y el carácter superfluo de la filosofía en tiempos de crisis. De este modo, las posiciones divergentes de pensadores relevantes como Agamben, Zizek o Byung-Chul Han, son despachadas impúdicamente en medios de diverso pelaje como juegos inoportunos, más o menos peligrosos o como meras boutades propias del gremio. Lo importante aquí es que no se polemiza tal o cual tesis, sino el hecho mismo de abordar filosóficamente, más allá del criterio técnico-político-económico, la pandemia.

No obstante, hay mucho en que pensar al hilo de lo que está pasando. Y mucho que leer, pero no me hago ilusiones. Ya sé que para muchos la filosofía es un lujo menos necesario que el papel higiénico. La alternativa resulta obvia. Ya nos la están cocinando. Para comernos el mantra del "Saldremos" que repiten incesantes. Pero cuidado, que algunos querrán que salgamos iguales a como fuimos. Que salgamos como ellos quieran. Ya se ha trazado la vía de único sentido hacia el callejón sin salida. Ya está tejido el cordaje que fijará las futuras relaciones entre individuos, pueblos y estados. Viejas palabras conocidas no tardarán en ser pronunciadas como signos de conceptos inevitables, bajo una pretendida ortodoxia, bajo la perspectiva de lo eterno, para que caigamos como caen los dioses, sobre el suelo del destino. No tardarán, les reconoceremos, agitando la bandera de la austeridad y los recortes, del cierre de fronteras, del liberalismo despiadado y de la xenofobia. Así será si les dejamos. Esta vez lo tienen  fácil, porque reconoceremos su lenguaje, su dialéctica que, tan sumergidos y entumecidos como estaremos en las sombras de nuestras respectivas cuevas, correremos el riesgo de aceptar cabizbajos, temerosos y perezosos como única alternativa posible. Me vienen a la mente, más allá del mito clásico platónico, aquellas palabras furibundas de un Deleuze que defendía la utilidad de la filosofía como herramienta para denunciar las fuerzas reactivas, como medio de detestar la estupidez y desenmascarar las mistificaciones del poder.

Pero ¿no afirmaba el escocés David Hume que en relación al mundo sólo tenemos conocimiento probable, creencias más o menos justificadas y ninguna certeza? Tan seguros estábamos de que el sol sale por el este y ahora resulta que los metales tal vez no se dilaten con el calor, que el pan no nutre sino que envenena, que el simpático granjero nos corta el cuello y unas monjas abandonan ancianos en las residencias. Y así, puesto que lo que no implica contradicción lógica es, por pensable, perfectamente posible, ahora que nuestra vida no se parece en nada a la que era, que el mundo es un lugar peligroso, ahora, precisamente ahora no debemos permanecer impasibles. No debiéramos si queremos ser mejores. Porque a pesar de todo el velo irracional, de los movimientos salvajes y telúricos, de lo absurdo y de lo trágico, hay vida. Vida, música y arte. Gente a la que merece la pena volver a ver y a tocar. Pero para ello he de deciros con Hegel que lo primero a lo que hay que aprender es a estar de pie. Pensar es una manera de luchar. De resistir. Con Marco Aurelio o con Nietzsche, con Spinoza o con Marx. 

Espero que estéis bien, vosotros y vuestras familias. Os mando un fuerte abrazo.