Algunos avisan hoy, al calor de las publicaciones presuntamente intempestivas de algunos filósofos, del peligro y el carácter superfluo de la filosofía en tiempos de crisis. De este modo, las posiciones divergentes de pensadores relevantes como Agamben, Zizek o Byung-Chul Han, son despachadas impúdicamente en medios de diverso pelaje como juegos inoportunos, más o menos peligrosos o como meras boutades propias del gremio. Lo importante aquí es que no se polemiza tal o cual tesis, sino el hecho mismo de abordar filosóficamente, más allá del criterio técnico-político-económico, la pandemia.
No obstante, hay mucho en que pensar al hilo de lo que está pasando. Y mucho que leer, pero no me hago ilusiones. Ya sé que para muchos la filosofía es un lujo menos necesario que el papel higiénico. La alternativa resulta obvia. Ya nos la están cocinando. Para comernos el mantra del "Saldremos" que repiten incesantes. Pero cuidado, que algunos querrán que salgamos iguales a como fuimos. Que salgamos como ellos quieran. Ya se ha trazado la vía de único sentido hacia el callejón sin salida. Ya está tejido el cordaje que fijará las futuras relaciones entre individuos, pueblos y estados. Viejas palabras conocidas no tardarán en ser pronunciadas como signos de conceptos inevitables, bajo una pretendida ortodoxia, bajo la perspectiva de lo eterno, para que caigamos como “caen los dioses, sobre el suelo del destino”. No tardarán, les reconoceremos, agitando la bandera de la austeridad y los recortes, del cierre de fronteras, del liberalismo despiadado y de la xenofobia. Así será si les dejamos. Esta vez lo tienen fácil, porque reconoceremos su lenguaje, su dialéctica que, tan sumergidos y entumecidos como estaremos en las sombras de nuestras respectivas cuevas, correremos el riesgo de aceptar cabizbajos, temerosos y perezosos como única alternativa posible. Me vienen a la mente, más allá del mito clásico platónico, aquellas palabras furibundas de un Deleuze que defendía la utilidad de la filosofía como herramienta para denunciar las fuerzas reactivas, como medio de detestar la estupidez y desenmascarar las mistificaciones del poder.
Pero ¿no afirmaba el escocés David Hume que en relación al mundo sólo tenemos conocimiento probable, creencias más o menos justificadas y ninguna certeza? Tan seguros estábamos de que el sol sale por el este y ahora resulta que los metales tal vez no se dilaten con el calor, que el pan no nutre sino que envenena, que el simpático granjero nos corta el cuello y unas monjas abandonan ancianos en las residencias. Y así, puesto que lo que no implica contradicción lógica es, por pensable, perfectamente posible, ahora que nuestra vida no se parece en nada a la que era, que el mundo es un lugar peligroso, ahora, precisamente ahora no debemos permanecer impasibles. No debiéramos si queremos ser mejores. Porque a pesar de todo el velo irracional, de los movimientos salvajes y telúricos, de lo absurdo y de lo trágico, hay vida. Vida, música y arte. Gente a la que merece la pena volver a ver y a tocar. Pero para ello he de deciros con Hegel que lo primero a lo que hay que aprender es a estar de pie. Pensar es una manera de luchar. De resistir. Con Marco Aurelio o con Nietzsche, con Spinoza o con Marx.
Espero que estéis bien, vosotros y vuestras familias. Os mando un fuerte abrazo.
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