Guerrilla

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miércoles, 20 de septiembre de 2023

"El niño emparedado" (Emmanuel Carrere. YOGA)

 Hace unos veinte años leí en las páginas de sucesos de Libération un artículo que me marco de por vida: los padres de un niño de cuatro años lo llevan al hospital para una operación benigna. Deben de darle el alta al día siguiente. Pero el anestesista comete un error y el niño, a pesar de semanas de cuidados desesperados, se queda sordo, mudo, ciego y paralizado. Irreversible, definitivamente. Cuando lo leí me quedé transido de terror. Nunca nada me ha afligido tanto. Ya no podía pensar en otra cosa. No podía pensar más que en el despertar del niño. En el momento en el que recuperase la conciencia en la oscuridad. Inquieto al principio, pero inquieto como lo estamos cuando sabemos que la inquietud va a cesar. Sus padres no deben de estar lejos. Van a encender la luz, a hablarle. Pero nada sucede. No hay luz. No hay sonido. Intenta moverse pero no lo consigue. Intenta gritar pero ni él mismo se oye. Quizá sienta que le tocan, que le abran la boca para que coma. Quizá lo alimenten por perfusión, el artículo no lo dice. Sus padres y el personal sanitario están alrededor de la cama, descompuestos de horror, pero él no lo sabe. Es imposible comunicarse con él, imposible alcanzarlo. No está en coma. Saben que está consciente, que detrás de esa cara cerosa, contraída, detrás de esas pupilas que no ven, hay un niño emparedado en vida que está aullando de pavor en silencio. Nadie puede explicarle su situación, ¿y quién tendría el valor de hacerlo? Nadie puede imaginar lo que sucede dentro de su conciencia, cómo se cuenta el niño lo que le ocurre. No hay palabras para eso. Yo no las tengo. Yo, tan articulado, no tengo ningún medio de expresar lo que me remueve en mí esta historia aterradora.  

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