Leonard
Cohen lleva casi cinco días muerto. Leonard Cohen es lo más
parecido a una religión que he tenido nunca.
Las palabras “Leonard Cohen” cifran al judío errante, al
romántico reaccionario, al intelectual y al graduado en literatura
que engendró a uno de los tipos más cool
de los ochenta, al impenitente mujeriego vestido de Armani, al monje
Zen, al novelista y la estrella del pop, al narcisista
que se odiaba a sí mismo.
¿No se ha enterado nadie? Cohen, el
depresivo no químico más poderoso del mundo,
el gran estilista de nuestra era. En realidad, Cohen siempre te ayuda
y en los títulos de sus canciones, incluye consejos muy útiles como
“Don´t Go Home With Your Hard On”. Su obsesión por las mujeres
es la búsqueda del Absoluto a través del realismo
místico de
una obra que constituye una minuciosa cartografía del deseo y de sus
más íntimas contradicciones, una observación de la vejez que
contempla desde el promontorio de su obsesiva fijación.
La
carcajada de Cohen resulta perfectamente audible. Su risa,
postmoderna. Sus armas, ridículas; un mono y un violín
contrachapado. Ríe y ahora su plan nos parece una broma, simple
juego inofensivo. O Tal vez no. El coro femenino – guided
guided – nos
conduce hasta la última estrofa. Por primera vez y con rostro serio
Cohen mira fijamente a la cámara. La voz se hace ahora
extradiegética. El poeta ya no canta. El autor se ausenta. Primero
conquistaremos Manhattan, después conquistaremos Berlin.

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