Guerrilla

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domingo, 13 de noviembre de 2016

“A singer must die”

Leonard Cohen lleva casi cinco días muerto. Leonard Cohen es lo más parecido a una religión que he tenido nunca. Las palabras “Leonard Cohen” cifran al judío errante, al romántico reaccionario, al intelectual y al graduado en literatura que engendró a uno de los tipos más cool de los ochenta, al impenitente mujeriego vestido de Armani, al monje Zen, al novelista y la estrella del pop, al narcisista que se odiaba a sí mismo. ¿No se ha enterado nadie? Cohen, el depresivo no químico más poderoso del mundo, el gran estilista de nuestra era. En realidad, Cohen siempre te ayuda y en los títulos de sus canciones, incluye consejos muy útiles como “Don´t Go Home With Your Hard On”. Su obsesión por las mujeres es la búsqueda del Absoluto a través del realismo místico de una obra que constituye una minuciosa cartografía del deseo y de sus más íntimas contradicciones, una observación de la vejez que contempla desde el promontorio de su obsesiva fijación.

La carcajada de Cohen resulta perfectamente audible. Su risa, postmoderna. Sus armas, ridículas; un mono y un violín contrachapado. Ríe y ahora su plan nos parece una broma, simple juego inofensivo. O Tal vez no. El coro femenino – guided guided – nos conduce hasta la última estrofa. Por primera vez y con rostro serio Cohen mira fijamente a la cámara. La voz se hace ahora extradiegética. El poeta ya no canta. El autor se ausenta. Primero conquistaremos Manhattan, después conquistaremos Berlin.


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