Somos el tiempo que nos queda
Ligeramente tumefacta pero ofrecida con codicia, llegó la boca hasta el lindero de la precaria intimidad. Iban reptando las parejas que se apiñaban en lo oscuro: no se miraban, se sumían en un compendio de sudores, se convertían en secuaces de la penumbra suspensiva. Como un furtivo postulado brilló el mechero de los cómplices.
No te preocupes no me he ido, ¿cómo iba a irme sin saber? Somos el tiempo que nos queda.
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