Guerrilla

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miércoles, 12 de enero de 2022

Galileo: No hay más ciego que el que no quiere ver.

 No resultó fácil, sin embargo, convencer a los «eruditos europeos» de que miraran a través del instrumento de Galileo. Tenían muchísimas razones de índole intelectual para desconfiar de lo que no veían a simple vista. El eminente aristotélico Cesare Cremonini se negó a perder el tiempo mirando por el artefacto del herético Galileo sólo para ver « ... lo que nadie más que Galileo ha visto... y, además, mirar por esos anteojos me produce dolor de cabeza». El famoso padre Clavius, profesor de matemáticas en el Collegio Romano, burlándose de los supuestos cuatro satélites de Júpiter que había visto Galileo, dijo que él también podía enseñarlos si le daban tiempo para «meterlos primero en unas lentes». El propio Galileo miraba un objeto por su telescopio y luego se acercaba a él para comprobar que no se engañaba. En 1610, declaró que había probado el telescopio «cien mil veces en cien mil astros y en otros objetos, ... cercanos y lejanos, grandes y pequeños, luminosos y oscuros ... ». En 1614, Galileo le decía a un visitante: «Con este tubo he visto moscas que parecían tan grandes como corderos, y he comprobado que están cubiertas de pelo y tienen unas uñas muy afiladas mediante las cuales se sostienen y andan sobre el cristal, aunque estén patas arriba, insertando la punta de las uñas en los poros del cristal». Y concluía: «por tanto, no sé cómo le puede caber a nadie en la cabeza que, ingenuamente, me haya engañado en mis observaciones». ¡Y tan ingenuamente! Galileo era uno de los primeros cruzados de las paradojas de la ciencia contra la tiranía del sentido común. El gran mensaje del telescopio no era lo que ponía de manifiesto en los objetos de la Tierra, que Galileo podía comprobar a simple vista, sino la infinidad de «otros objetos» que no podían ser examinados por el ojo humano desprovisto de ayuda.

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